Creo que estaremos de acuerdo al afirmar que el problema principal a la hora de afrontar un trabajo de este tipo es el tiempo. No poder dedicar a un trabajo la cantidad de horas/días/semanas que se merece atenta contra su calidad, e incluso contra la percepción que se tiene del mismo: hacer todo contrarreloj no permite detenerse a mirar con perspectiva, abstraerse, alejarse del objeto, para poder evaluarlo mejor.
En mi caso, la idea original del proyecto estuvo siempre presente. Quería contar la historia de la única fábrica de banderas del Uruguay. Sin embargo, no sabía con qué me encontraría. ¿Con una multitud de obreros textiles, trabajando apretujados en una fábrica llena de máquinas grises? No. Me topé con una fábrica que no solo fabrica banderas uruguayas, sino que es uruguaya, con todas las connotaciones que eso implica. Y la historia nació al mismo tiempo que yo la descubría, y al ritmo de la voz de Walter Sánchez, el verdadero narrador. Una fábrica –y un rubro- en extinción, amenazado por la feroz China, que no oculta su hambre de economías nacionales de todo el mundo. Con eso me encontré.
El otro tema era, por supuesto, poder retratarlo. Que la foto diga lo que yo quiero decir, que el que la observe capte las enormes dimensiones de la fábrica, que casi pueda oler el perfume fuerte de la pintura, que casi pueda sentir el aire fresco que sale de los canales de ventilación. No sé si lo logré. Pero puedo decir que lo intenté.
En cuanto a cuestiones técnicas, mi intención fue “cubrir lo básico”. Nunca fui una experta en manejar obturadores, ISO; ni cuento con teleobjetivos ni gran angulares. Apliqué las reglas de la composición del cuadro, cuidé la luz (la natural y la artificial); fui lo más amable posible con mi retratado. Luego, edité algunas de las fotos con Lightroom. Secuencias, saturación, contraste, brillo, exposición.
Considero que la mayor dificultad con la que me encontré fue la incertidumbre de si rendiría o no un fotorreportaje en el que casi no hay personas. Pero, es que, en Kaltex son seis personas. Y con eso bastó.
La valoración final que puedo hacer sobre este trabajo es que, como sucede muchas veces en periodismo, me permitió conocer otro aspecto de mi país, de la ciudad en la que vivo. Una visión particular de la economía de Uruguay, si se quiere, y del destino de la industria nacional, desamparada por el Estado, en este caso. Personas. Porque para sacar una foto hay que pedir permiso, hay que hablar, hay que escuchar, hay que respetar. Eso es lo que más valoro de haber realizado este trabajo.
Las banderas uruguayas son importadas de China. Sí, el pabellón nacional, el de las franjas azules y blancas y el sol sonriente. Ese que flamea desde el mástil de la plaza, de la fachada de los Ministerios, y el que sostiene el abanderado con uniforme liceal. Cien por ciento made in China.
Antes no era así. Walter Sánchez, dueño de Kaltex, la única fábrica de banderas del Uruguay, recuerda los primeros años en que trabajó en la fábrica. Cincuenta personas trabajaban estampando tela de forma artesanal, pintándola, creando pieza por pieza. Hoy, Kaltex cuenta con seis funcionarios. Cuando el Estado comenzó a importar estampado de tela desde China, la fábrica se redirigió a la fabricación de banderas. Hoy, se “mantiene a flote”, afirma Sánchez.
En el enorme recinto donde se estampa la tela podrían caber 250 trabajadores; y es que el predio solía ser un tambo. Dos de los seis que allí trabajan pintan de amarillo una tela para un hospital infantil. Con movimientos casi automáticos, los dos hombres se mueven bordeando los 120 metros que suman las cuatro mesas del lugar, dispuestas de forma paralela. No hablan entre ellos; el único sonido que se oye es el de la ventilación y el de la brocha de pintura que recorre la matriz, que contiene la película que da origen al estampado. El ambiente es húmedo y, a pesar del aire que ingresa por los ductos, la garganta empieza a picar unos minutos después de entrar, por el olor a pintura.
Kaltex nació en 1960 y en la actualidad se dedica al diseño, confección, pintado y estampado de banderas. Su única herramienta para competir es la calidad de los productos, a la que apuesta para afrontar al competidor de extramuros: el mundo oriental. Pabellones nacionales, banderas de cuadros de fútbol, publicitarias, de países, son las que fabrica Kaltex en sus instalaciones. Y, aunque todas estas creaciones conviven con las que ingresan desde oriente, Sánchez asegura que la calidad de las banderas uruguayas no tiene comparación con aquellas que se traen más baratas, y que se rompen a la primera sacudida.
Walter Sánchez ingresó a Kaltex cuando tenía 18 años, en 1978. Llegó desde Durazno, un departamento en el corazón del Uruguay, donde trabajaba en un frigorífico. Y experimentó las desventajas de “ser del Interior”: su jornada laboral era de 16 horas, todos los días. Hoy, tiene 53 años. Eso explica por qué el médico le recomendó dejar la fábrica, al descubrir que tenía pulmones “de fumador”, si bien nunca lo había sido en su vida. La piel de las manos, cortadas por la exposición directa a la pintura, es otra huella que dejó en él esta labor.
En 1981 falleció el dueño de la fábrica. Uno de los empleados le ofreció a Sánchez instalar una planta, y seguir trabajando. Así, lograron mantener abiertas sus puertas. Hoy en día, los clientes de Kaltex son el Estado, los supermercados (Disco, Geànt, Devoto, entre otros), y marcas como Coca-Cola y Pepsi. Por otro lado, también están las épocas de zafra: “Cada cinco años tenemos una zafra buena, en las campañas electorales”. El fútbol también deja sus réditos. “Ahora estamos haciendo una buena partida de banderas de Peñarol”, señala Sánchez. Él es de Nacional. Pero, “si vende, hay que hacerlo”, confiesa.
La planta alta del establecimiento parece una biblioteca, pero de matrices de banderas. Dispuestas en estanterías que ocupan todas las paredes, se llega a las que se hallan más arriba gracias a escaleras de madera. El proceso del que resultan las banderas hace que el recinto parezca un estudio fotográfico gigante: “Primero se hace la película (un negativo) para hacer el estampado. Es como si fuera una foto, y esa foto se pasa a una matriz, a la que hay que darle luz. Queda el hueco grabado, y este después se pinta”, explica Sánchez, a la vez que muestra el “cuarto oscuro”, donde se guardan las películas para que no se pierda la imagen del estampado.
Las paredes están llenas de pintura; son huellas de movimiento, a través del cual se crea la bandera. “Es un trabajo muy sucio”, acota Sánchez, mientras contempla los botes de distintas pinturas: azul, rosa chicle, amarillo, rojo. “Tenés que tener gusto para hacer el diseño, y también para elegir los colores. En la tela, los colores son muy importantes”, advierte Sánchez. Pero el mensaje también cuenta, afirma el dueño de la fábrica: “Una bandera tiene que decir una sola cosa, y tiene que verse el mensaje de lo que dice”.
El tiempo de fabricación de una bandera depende del tamaño y de la cantidad de la partida. A su vez, su vida útil, al viento, es de seis meses aproximadamente. En Kaltex se emplea una única tela, el poliéster satinado, que es “pesada”, resistente al viento. “Si no, este las rompe más fácilmente”, afirma Sánchez, quien recuerda que fue en Kaltex, en el año 1990, donde se inventó la bandera uruguaya tradicional, la que se conoce hoy. “Aunque no lo debe saber nadie”. Antes, las franjas azules del pabellón nacional estaban cosidas a la tela blanca. Como notaron que la bandera comenzaba a descoserse por las franjas, decidieron probar fabricar una de una sola pieza, estampando las franjas. Ahora la bandera dura seis veces más.
En la fábrica, oscura y enorme, parece habitar el fantasma de un tiempo pasado; un tiempo en el que las banderas uruguayas eran uruguayas. Y el celeste era celeste.
Claudio Díaz es un híbrido entre clown (payaso) y estatua viviente. Según él, todos tienen su clown y, en los niños, está “al rojo vivo”. El suyo se llama Yayá; luce una nariz roja y usaba una corbata. Hasta que se la robaron. Los domingos se instala en el Parque Rodó, esperando al niño o adulto que se le acerque. El ruido de una moneda cayendo es el que activa la actuación improvisada. Sin embargo, Yayá escapa al esquema de la estatua blanca, y aguarda con los ojos abiertos. En días puntuales, asegura sacar, al menos, “un jornalito”.
Este hombre payaso estudia teatro desde los 15 años (ahora tiene 32), e incursionó en el clown y el circo hace cuatro. El pasaje del teatro al clown fue difícil para alguien que acostumbraba “ir hacia fuera”: “En teatro vas poniéndote capas de personajes, mientras que en clown no, es todo hacia dentro”.
Para la materia Fotoperiodismo I, presenté un foto reportaje donde intenté retratar fragmentos de Las ciudades invisibles de las que habla Ítalo Calvino. Acompañé cada fotografía con un pie en el que explico qué ciudad reconozco en ciertos rincones de las plazas de Montevideo.
En Isidora...“hay un murete desde donde los viejos miran pasar a la juventud: el hombre está sentado en fila con ellos. Los deseos ya son recuerdos”.
…“A quien se encuentra una mañana en medio de Anastasia, los deseos se le despiertan todos juntos y los rodean”.
PRENSA INTERNACIONAL
Una entre 108.059
Ésta fotografía obtuvo el primero lugar en la 54 edición de la World Press Photo. La retratada es Jodi Bieber, una joven afgana que representa el maltrato de ciertas culturas hacia las mujeres. La mutilación de su rostro no responde al morbo, sino a las represalias de su esposo contra la “desobediencia”. Creo que es una foto que no dejará de impactar.
Rutina
En la morgue de un hospital de Puerto Príncipe, Haití, se acumularon cadáveres de forma casi banal luego del terremoto. En esta imagen, un hombre tira el cadáver de un niño sobre una pila de cuerpos inertes. Una prueba escalofriante de que la muerte puede convertirse en algo diario.
PRENSA NACIONAL
El himno es de todos
Tabaré Vázquez, Jorge Batlle, Luis Alberto Lacalle, Lucía Topolansky y José Mujica, entonan el Himno Nacional en la presentación de la agenda del Bicentenario uruguayo. La fotografía fue tomada por Javier Calvelo, fotoperiodista de La Diaria (Uruguay). Se plasma, con ironía sutil, el mensaje esperanzador de que, al menos por momentos, es más lo que nos une que lo que nos separa.
La túnica blanca es comodín
Nada más pintoresco que las túnicas blancas y las moñas gigantes y azules de los escolares uruguayos. En esta foto de El observador, se introduce el tema de por qué a Uruguay le va mal en las pruebas PISA.