Flores que matan
Ramona prepara la cena para dos de sus hijos. Uno tiene ocho, el otro seis. Al tercero le da el pecho mientras mira por el ventanal que da al corredor de afuera. La oscuridad del campo es inescrutable. Ramona no cree en las “luces malas”, por eso sale al encuentro de un resplandor amarillento que se acerca por el camino. El hombre que sostiene el farol amarra el caballo en la portera. Está transpirando y pálido. Desprende un aliento a alcohol tal, que Ramona retrocede.
-Le mataron al esposo, doña- anuncia, conteniendo un hipo.
Bernardino había besado la frente de su último hijo, Alcindo. Luego encaminó otra vez al medio bar, medio pulpería. Quedaba tan sólo seis hectáreas más allá. El facón calzó en su estuche a la perfección. En él quedaban los restos del olor a asado de ese mediodía.
Era noche de truco. Bernardino ya había perdido unos cuantos pesos, y un caballo viejo, pero había ganado el facón que llevaba atado a la cintura. Se sentó en la mesa redonda, donde otros tres amigos lo esperaban. Uno de ellos repetía las señas del cinco y el cuatro de la muestra sin cesar, al mismo tiempo que le explicaba al que tenía a la derecha que en el truco porteño era al revés.
El olor a vino tinto se mezclaba con el tabaco de buena calidad, y el güisqui pésimo. El bullicio era de copas y vasos, de gritos de euforia o de frustración. Otras mesas ya habían iniciado el juego.
Comenzó la partida. Y veinte minutos después (ya había perdido la cuenta de cuántas manos llevaban jugadas), Bernardino cantaba “flor”. Él y su colega vencieron esa mano.
-La primera en casa…- rió éste último.
Pero el contrario levantó una ceja. Y apartó la dama Juana a un costado.
-No mostró la flor- acusó a Bernardino con el dedo índice.
Bernardino recuperó del mazo unas tres cartas y mostró brevemente su flor que no era una flor, y comenzaron los insultos cargados de vino tinto, y los manotazos con manos sucias de cigarrillo, y las sillas cayéndose unas sobre las otras, y Bernardino que atina a desfondar el facón demasiado tarde, porque le habían metido una bala en el pecho y ya no respiraba ni volvería a hacerlo.
La tapera del bar-pulpería sigue alló, 79 años después, a seis hectáreas del campo donde Alcindo pasa los fines de semana son su esposa, hijos y nietos. Cada vez que va, da un vistazo a la tapera donde mataron a su padre, según le contaron años después del beso en la frente.
Ramona prepara la cena para dos de sus hijos. Uno tiene ocho, el otro seis. Al tercero le da el pecho mientras mira por el ventanal que da al corredor de afuera. La oscuridad del campo es inescrutable. Ramona no cree en las “luces malas”, por eso sale al encuentro de un resplandor amarillento que se acerca por el camino. El hombre que sostiene el farol amarra el caballo en la portera. Está transpirando y pálido. Desprende un aliento a alcohol tal, que Ramona retrocede.
-Le mataron al esposo, doña- anuncia, conteniendo un hipo.
Bernardino había besado la frente de su último hijo, Alcindo. Luego encaminó otra vez al medio bar, medio pulpería. Quedaba tan sólo seis hectáreas más allá. El facón calzó en su estuche a la perfección. En él quedaban los restos del olor a asado de ese mediodía.
Era noche de truco. Bernardino ya había perdido unos cuantos pesos, y un caballo viejo, pero había ganado el facón que llevaba atado a la cintura. Se sentó en la mesa redonda, donde otros tres amigos lo esperaban. Uno de ellos repetía las señas del cinco y el cuatro de la muestra sin cesar, al mismo tiempo que le explicaba al que tenía a la derecha que en el truco porteño era al revés.
El olor a vino tinto se mezclaba con el tabaco de buena calidad, y el güisqui pésimo. El bullicio era de copas y vasos, de gritos de euforia o de frustración. Otras mesas ya habían iniciado el juego.
Comenzó la partida. Y veinte minutos después (ya había perdido la cuenta de cuántas manos llevaban jugadas), Bernardino cantaba “flor”. Él y su colega vencieron esa mano.
-La primera en casa…- rió éste último.
Pero el contrario levantó una ceja. Y apartó la dama Juana a un costado.
-No mostró la flor- acusó a Bernardino con el dedo índice.
Bernardino recuperó del mazo unas tres cartas y mostró brevemente su flor que no era una flor, y comenzaron los insultos cargados de vino tinto, y los manotazos con manos sucias de cigarrillo, y las sillas cayéndose unas sobre las otras, y Bernardino que atina a desfondar el facón demasiado tarde, porque le habían metido una bala en el pecho y ya no respiraba ni volvería a hacerlo.
La tapera del bar-pulpería sigue alló, 79 años después, a seis hectáreas del campo donde Alcindo pasa los fines de semana son su esposa, hijos y nietos. Cada vez que va, da un vistazo a la tapera donde mataron a su padre, según le contaron años después del beso en la frente.
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