miércoles, 13 de abril de 2011

Advertencias a mi hijo


Cuando nazcas, papá te va a poner una remera de Nacional y te va a prometer llevarte a la cancha. Cuando crezcas, yo voy a guardar la camiseta para tu hermano menor. La abuela querrá negociar con tu otra abuela las tardes en que pueda tenerte sólo para ella, y te va a reservar para ir al Parque Rodó. Conocerás los restos del Gusano Loco, que para entonces tendrá artrosis. Y comerás churros con dulce de leche, con plena consciencia de estar digiriendo el producto más nacional y menos argentino que existe. Probarás tu primer mate y cumplirás con todas las fases del ritual: fruncirás la cara, te quemarás la lengua, y pensarás con qué calcomanías decorar el termo (primero con el pegotín del héroe animé del momento; más tarde con el de tu cuadro de fútbol y, cuando decidas que votar por fin es algo que debería importante, tu termo va a tener la cara del descendiente del Cuqui, del Pepe o de Pedrito).

Cuando prendas la tele no vas a ver ni rastros de Tom y Jerry, La pequeña Lulú o Goleadores. A menos que hayan sacado una versión 3D, donde los personajes caminan como robots. O como si estuvieran estreñidos. Tampoco conocerás a Meteoro ni a Flash, ni sabrás qué significa esperar toda una semana para ver a Sabrina, la bruja adolescente. Moverás el iPad y tendrás todos los capítulos, las escenas censuradas, las sátiras en Youtube y la versión japonesa de todo lo que quieras ver. Y también de lo que no quieras ver. Nunca te interesará demasiado el porno, porque no estará prohibido y eso te aburrirá.

Cuando nazcas, el abuelo va a intentar convencerte de lo bueno y rentable que es ser médico. Papá te dirá es posible ser jugador de fútbol y tener un título, uno cualquiera que le diga a la gente “mirá que no soy tan burro”. Yo te diré que elijas estudiar lo que te apasione, aunque no esté convencida de tremendo consejo. Quisiera decirte que elijas la carrera que no te obligue a irte del país, ni una en donde se hable más inglés que castellano. O más chino.

Nunca vas a probar el asado con cuero, pero vas a estar seguro de que es lo más rico que hay. Yo tampoco lo habré probado para entonces, e igual estaré convencida de eso. Podrás llegar a pensar que McDonald’s es un restorán autóctono, pero siempre escucharás a un primo lejano de Chávez decir que en McDonald’s hay olor a azufre.

Cuando pasemos por la plaza de la Independencia y yo te comente “mirá, ahí está Artigas”, te sonará el nombre, creerás que en la escuela, una vez, te comentaron algo sobre él. Y cuando, antes de cumplir los ocho años, te hagas tu primer perfil de Facebook, no te importará poner de dónde sos, sólo en dónde estás. Vas a colgar una foto con tu perro. Cuando crezcas, vas a subir fotos que digan que sos fiestero, que ganás con las minas más grandes, que sos de Nacional a muerte y que los manyas son todos putos. Y después vas a pedirme que te lave la ropa que usaste el fin de semana, porque tiene olor a porro. No vas a entender cómo alguna vez estuvo prohibido.

Hay tantas cosas que no vas a entender. Que pudiste haber nacido en medio de un sismo. Que pudiste haberte ahogado en un tsunami. Que te podrías haber deformado por la radioactividad. Que podrías haber sido chorro, y que después de los 16 yo ya no podría protegerte.

Cuando nazcas, espero no tener que contarte todas estas cosas. Espero que las conozcas por vos mismo. Sin necesidad de tomarte un avión. 

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