domingo, 10 de abril de 2011

Ventanales


Miro por la ventana de mi edificio y veo otras ventanas, muchas ventanas. Algunas tienen calcomanías y peluches colgados de la cabeza, otras son más limpias y se ve a través de ellas. Unas tienen las cortinas corridas y están desnudas; otras están vestidas de tela de encaje, de visillo o estampados que no logro distinguir. Las más cercanas a la tierra están encerradas tras rejas. Y las más cercanas al techo, también. Algunas están abiertas de par en par, otras se encuentran tímidamente entreabiertas, sin mucho que decir. La mayoría de las ventanas están cerradas.


Al otro día vuelvo a mirar por la ventana. Y al otro. La gente, muchas veces, deja las ventanas cerradas cuando debería abrirlas. Incluso cuando llueve, y se corra el riesgo de que entre un poco de agua. Te diría que, cuando llueve, todavía más.

Porque imaginemos que somos ventanas, caminando por la calle, por las veredas, tocando bocina y haciendo cola en el banco, mirando la tele y comprando bizcochos. El smog, el rocío, las cortinas pueden impedirnos que podamos ver. Pero llegamos a la esquina y un joven, en teoría parte de la población económicamente activa, se ofrece para limpiarnos el vidrio. Como el semáforo acaba de pasar a rojo, y justo teníamos la ventana abierta -¿un descuido?-, le decimos que sí con una seña perezosa de la cabeza. Miramos con resignación que el agua que vuelca sobre el parabrisas está más sucia que el propio parabrisas. Pero nos habilitaron a ver.

Y vemos. Una niña descalza que pide una moneda: un lugar común. Un caballo maltratado que tira de un carro, una familia maltratada arriba del carro: otro lugar común. Son las cuatro de la tarde, pero hay borrachos en la parada del ómnibus que piden que les completemos el boleto, y también hay hinchas de Nacional y Peñarol que se putean de un lado al otro de la calle. Y todavía son las cuatro de la tarde. Son tantas postales repetidas que no nos interesa mantenernos abiertos. Entonces bajamos la persiana.

Vuelvo a mirar por la ventana de mi edificio. Alguien se asoma detrás de una cortina blanca y nos observamos sin prisa. Creo que está decidiendo qué clase de ventana soy.

Decidí que quiero ser un ventanal.

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