La misma piedra
Mi abuela conoció el umbral de la chochera cuando descubrió que empezaba a olvidarse de las cosas. Primero fue traer pan del almacén, luego empezó a olvidarse de cerrar la canilla del baño, de darle de comer al gato, de apagar las lucecitas del árbol de Navidad. Pero fue cuando supe lo último que olvidó, cuando me preocupé.
-El otro día me tropecé en la vereda, nena. Con una baldosa rota.
-Bueno, abuela, esas cosas pasan.
-Y al otro día también, y al otro, y ayer también… Siempre con la misma baldosa.
Entonces ambas –ella, en un momento de plena lucidez-, nos miramos con temor. Mi abuela sufre uno de los peores males que existen en el mundo: tropezar siempre con la misma piedra.
No es que sea una enfermedad atípica. Muchos de cada pocos países la padecen; también demasiados ciudadanos. En Google no aparece como una dolencia en sentido literal, pero se la nombra de manera camuflada en infinidad de noticias, historias, incluso fotografías. Sí, existe una forma de retratar la enfermedad. Sus síntomas se manifiestan en los rostros de muchos políticos, empresarios, idealistas. También en banderas descosidas, en las urnas violadas. En las arrugas de las abuelas.
Los libros de medicina tendrían que incluir este padecimiento, explicar sus causas, sus síntomas y señales, el diagnóstico, las excepciones. Eso sí, me queda la duda sobre quién debería explicar cómo prevenirlo. Porque, después de todo, es un mal en extremo contagioso.
Podemos arriesgarnos a sugerir cómo evitar caer enfermos. Inventemos nombres para ilustrar el caso, como en los libros de escuela. Por ejemplo, existe una piedra que se llama soberanía popular, que a veces logra ser sorteada por un caminante hábil –aunque perezoso-, que se apellida Parlamento. Las recetas contra el virus del “tropezón doble” (llamémosle así, al menos por ahora), por lo general, se escriben con un vocabulario propio de abogados y legisladores. Son como las leyes, pero como se hallan en estado de desarrollo, se les dice proyectos. Nadie sabe muy bien cómo funcionan, pero hay una creencia bastante instalada en la sociedad que asegura su poder sanador. Sólo hay un problema, y es que no existe cura para los muertos. Hay veces en las que, simplemente, no existe la oportunidad de volver a equivocarse.
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