martes, 17 de mayo de 2011

Narices así

Claudio Díaz es un híbrido entre clown (payaso) y estatua viviente. Según él, todos tienen su clown y, en los niños, está “al rojo vivo”. El suyo se llama Yayá; luce una nariz roja y usaba una corbata. Hasta que se la robaron. Los domingos se instala en el Parque Rodó, esperando al niño o adulto que se le acerque. El ruido de una moneda cayendo es el que activa la actuación improvisada. Sin embargo, Yayá escapa al esquema de la estatua blanca, y aguarda con los ojos abiertos. En días puntuales, asegura sacar, al menos, “un jornalito”.


Este hombre payaso estudia teatro desde los 15 años (ahora tiene 32), e incursionó en el clown y el circo hace cuatro. El pasaje del teatro al clown fue difícil para alguien que acostumbraba “ir hacia fuera”: “En teatro vas poniéndote capas de personajes, mientras que en clown no, es todo hacia dentro”.







miércoles, 11 de mayo de 2011

Fotoperiodismo II

PERSONALES


Las ciudades invisibles de Calvino

Para la materia Fotoperiodismo I, presenté un foto reportaje donde intenté retratar fragmentos de Las ciudades invisibles de las que habla Ítalo Calvino. Acompañé cada fotografía con un pie en el que explico qué ciudad reconozco en ciertos rincones de las plazas de Montevideo.
En Isidora...“hay un murete desde donde los viejos miran pasar a la juventud: el hombre está sentado en fila con ellos. Los deseos ya son recuerdos”.


…“A quien se encuentra una mañana en medio de Anastasia, los deseos se le despiertan todos juntos y los rodean”.
PRENSA INTERNACIONAL


Una entre 108.059

Ésta fotografía obtuvo el primero lugar en la 54 edición de la World Press Photo. La retratada es Jodi Bieber, una joven afgana que representa el maltrato de ciertas culturas hacia las mujeres. La mutilación de su rostro no responde al morbo, sino a las represalias de su esposo contra la “desobediencia”. Creo que es una foto que no dejará de impactar.


Rutina

En la morgue de un hospital de Puerto Príncipe, Haití, se acumularon cadáveres de forma casi banal luego del terremoto. En esta imagen, un hombre tira el cadáver de un niño sobre una pila de cuerpos inertes. Una prueba escalofriante de que la muerte puede convertirse en algo diario.



PRENSA NACIONAL


El himno es de todos

Tabaré Vázquez, Jorge Batlle, Luis Alberto Lacalle, Lucía Topolansky y José Mujica, entonan el Himno Nacional en la presentación de la agenda del Bicentenario uruguayo. La fotografía fue tomada por Javier Calvelo, fotoperiodista de La Diaria (Uruguay). Se plasma, con ironía sutil, el mensaje esperanzador de que, al menos por momentos, es más lo que nos une que lo que nos separa.



La túnica blanca es comodín


Nada más pintoresco que las túnicas blancas y las moñas gigantes y azules de los escolares uruguayos. En esta foto de El observador, se introduce el tema de por qué a Uruguay le va mal en las pruebas PISA. 


La otra rockola

El viejo bebe el whisky y hace rechinar los cubos de hielo. Todo en él es tembloroso, no solo las manos, también las pupilas. Eso sucede cuando hay un terremoto de recuerdos, que se impregnan en la retina como la grasa de la comida chatarra del bar se impregna en el aire y en las mesas. Todo en él es triste. A su lado, la silla vacía luce aún más miserable que el andador de metal que lo espera, y parece ser el único que aguarda por él. El viejo se para, todavía tiembla. El pantalón beige está mojado detrás; todos lo notan, nadie le dice nada. Cruza la calle con su andador y se va y nadie lo extraña.

Cualquier escenario puede transformarse en el murete por donde los viejos miran pasar la juventud, ese lugar desolado que describe Ítalo Calvino, donde la memoria se vuelve una molestia. Todas las ciudades tienen huéspedes viejos. En los bares, en las plazas, en la oscuridad de una casa vacía. Cuando veo un anciano en el banco de una plaza, a veces lo noto.

Llegó el mundo contemporáneo y arremetió contra el pedestal donde los viejos reposaban tranquilos sus últimos años, calmos porque ya habían plantado un árbol, escrito un libro, y tenido un hijo. La serenidad en el andar era tan solo un síntoma de plenitud, que anunciaba que se había agotado la lista de asuntos pendientes y cualquier cosa que les pasara sería bienvenida. Entonces, la humanidad abrió las puertas de un mundo virtual donde, en su línea frenética de tiempo, no hay lugar para los débiles.

Los abuelos ya no se sientan a la cabecera de la mesa, ni viajan en el asiento delantero. Se están extinguiendo los abuelos que contaban historias, porque también están en vías de extinción los nietos que quieren escucharlas. Tal vez porque la noción de pasado no cabe en nuestro esquema mental digital, donde lo único válido es el presente. El ahora eterno.

Mi infancia también fue analógica. Escuché música en casetes y disfruté durante horas transcribir la letra de una canción en base al sistema de rewind. Incluso, nací cuando aún funcionaba el tocadiscos de mi padre y, más adelante, gasté muchas monedas en la rockola digital de las maquinitas del shopping. Pero la rockola original, la que reproducía las canciones que ellos escuchaban, se quedó muda.

Ellos, que forman filas perennes en el BPS, se sientan en los bancos de las plazas y se preguntan cuándo la jubilación se convirtió en algo tan esencial. Por qué, si ellos todavía piensan en cada uno, la ciudad está llena de hijos que no los reconocen.  

miércoles, 4 de mayo de 2011

Aquí se hablaba francés

Antes, todo era mejor. Hasta el arroz con leche, que se hacía con trocitos de cáscara de naranja para hacerlo más sabroso. El ómnibus era mejor, porque se le chistaba al guarda, y no existían esas soberbias luces anaranjadas que indican que alguien solicitó la parada. Ahora nadie chista. Ni siquiera si estás en la calle y justo ves un amigo que camina muy cerca de vos, pero demasiado lejos como para que logres alcanzarlo a la velocidad que vas. Entonces, desempuñás el celular, y le avisás: mirá para atrás.

Uruguay era un país hermoso, lleno de vacas rechonchas y sun para calentar el agua del mate. Hasta que prohibieron ese invento tan genial, que nos caracterizaba alrededor del mundo, junto con el dulce de leche. Y nadie dudaba que fuera cien por ciento uruguayo. Una demostración auténtica de la viveza criolla.

Cuando escucho hablar a los más veteranos, siento una especie de nostalgia del pasado, fabricada por los pósteres, y las canciones de Jaime Ross. ¡Cómo quisiera acordarme del Maracaná! Reconocer al Negro Jefe y oírlo decir que los de afuera son de palo, y no que los de afuera nos digan que somos de palo, aunque estemos consagrados como los cuartos mejores del mundo. ¡Cuartos! Antes, éramos primeros. Futbolistas eran los de antes, los de la garra charrúa genuina. No eran modelos, ni novios de modelos, ni títeres de las marcas –desde championes hasta champús-. Solo héroes nacionales.

Antes, podías dejar la bici en la vereda sin necesidad de atarla contra una columna. Ni de ir a denunciarla después. Los perros mordían a los carteros. Ahora, los virus te infectan los mails. Nos convertimos en los nuevos uruguayos de Nuevo Siglo, que damos todo por un LCD en high definition y todavía decimos jai definishon. Como todavía pronunciamos orsai, fau y James.

El Uruguay de antes no tenía nada que envidiar a la Suiza de Europa, solo que aún se encontraba en América, y tampoco hoy tiene montañas nevadas ni chocolates mejores que el Ricardito. Éramos el paisito. Y se hablaba francés.

Cuando llegó el walkman a Uruguay, todo se vino abajo. O, tal vez, fue cuando empezaron a nacer niños que tomaban leche con cereales, con un conejo psicópata dibujado en la caja de colores. Cuando, un 31 de octubre, los primeros uruguayitos se disfrazaron de monstruos y brujas, ahí se acabó la fiesta. Entonces, los jóvenes se iniciaron en el arte de las tarjetas rojas de San Valentín, y los abuelos se agarraron la cabeza, y se acordaron del Manco Castro, de Gardel y del gofio.

Un día quise saber cuándo dejó de ser antes y cuándo empezó a ser ahora. Ningún uruguayo
me quiso dar la respuesta. Y es que, antes, los chiquilines eran más respetuosos, y no cuestionaban a los mayores. Pero la cuestión es, si ahora estamos así, no quiero enterarme de cómo va a ser después.

martes, 3 de mayo de 2011

Los Ignatius del mundo

La Tierra está llena de Ignatius Reilly. Las ciudades paren Ignatius todos los días, los sufren y los matan. John Kennedy Toole, más que crear un personaje -que funciona como su alter ego la mayoría de las veces-, describe un tipo de persona, una raza entre los humanos. Una élite.

La conjura de los necios no es una conspiración de la sociedad contra ese mínimo de ciudadanos. No, es un manifiesto contra la propia sociedad, que ignora la presencia de estos seres y los confunde con maleducados. Y ahí radica el peor dolor de Toole, de Ignatius y de los Ignatius: un manifiesto está plagado de agujeros, por donde se cuela la vida tal cual es; ni un papel, ni una frase hecha, ni un análisis perfecto.

Porque, ¿quién fue J. K. Toole? ¿Un mártir? ¿Un héroe histórico? ¿Pudo, después de todo, cambiar el mundo? Tuvo dos hijas: La Biblia de neón y La conjura de los necios. Ninguna de ellas sobreviviría si su padre no hubiese muerto. Como Dionisos, el niño que caminó kilómetros herido, con su hermana en brazos, y se entregó a la muerte cuando estuvo seguro de que su consanguínea estaba a salvo. A excepción de que, en el caso de Toole, éste lo hizo para salvarse a sí mismo.

Los Ignatius son todos iguales, se creen diferentes. Sufren de insomnio crónico pero, al final, aquello que los desvela es una única pregunta. Y es por qué los bobos somos felices. Los bobos –el resto- somos amigos entre nosotros, trabajamos por un sueldo mínimo, y después de los veinticinco ya no nos interesa cambiar el mundo. Renunciamos a todo aquello que sabemos inalcanzable. Aborrecemos las utopías. Por lo menos, hacemos las paces con el Sistema, aunque añoremos, muy de vez en cuando, nuestro deseo inicial de sacudirlo.

Los Ignatius no. Ellos caminan por las calles y no son uno más en la multitud; no comprenden el mecanismo de un carrito de panchos ni por qué los hombres ceden su asiento a las mujeres en los ómnibus -la forma más primitiva del machismo-. Los Ignatius son tan inteligentes que, en el fondo, desearían ser estúpidos. Algunos hasta intentan concretar la transformación, como el Antoine de Martin Page (otro alter ego que se excusa en la ficción), quien prueba todos los mecanismos a su alcance para ser capaz de integrarse a la masa de humanos que compramos productos Nike y comemos papas fritas en grandes cantidades.

Ningún Ignatius está de acuerdo con nada ni nadie. Se aman a sí mismos casi en la misma proporción en que odian todo lo demás; su concepto de felicidad se encuentra distorsionado, al punto de que no existe tal cosa. La felicidad es un invento de Coca-Cola. Ellos no viven, habitan. La soledad les duele tanto que se acostumbran a ella, y la extrañan cuando la pierden. Los Ignatius sólo escriben novelas.

La mayoría de las veces tienen que morir para que los escuchemos, y les creamos a sus madres, que tampoco los oían porque es demasiado ruidoso que nos digan qué es lo que somos, cuando no tenemos intenciones de dejar de serlo. Basta contar con un Ignatius cerca de nosotros, para que de vez en cuando nos recuerde que existe otro camino.