La Tierra está llena de Ignatius Reilly. Las ciudades paren Ignatius todos los días, los sufren y los matan. John Kennedy Toole, más que crear un personaje -que funciona como su alter ego la mayoría de las veces-, describe un tipo de persona, una raza entre los humanos. Una élite.
La conjura de los necios no es una conspiración de la sociedad contra ese mínimo de ciudadanos. No, es un manifiesto contra la propia sociedad, que ignora la presencia de estos seres y los confunde con maleducados. Y ahí radica el peor dolor de Toole, de Ignatius y de los Ignatius: un manifiesto está plagado de agujeros, por donde se cuela la vida tal cual es; ni un papel, ni una frase hecha, ni un análisis perfecto.
Porque, ¿quién fue J. K. Toole? ¿Un mártir? ¿Un héroe histórico? ¿Pudo, después de todo, cambiar el mundo? Tuvo dos hijas: La Biblia de neón y La conjura de los necios. Ninguna de ellas sobreviviría si su padre no hubiese muerto. Como Dionisos, el niño que caminó kilómetros herido, con su hermana en brazos, y se entregó a la muerte cuando estuvo seguro de que su consanguínea estaba a salvo. A excepción de que, en el caso de Toole, éste lo hizo para salvarse a sí mismo.
Los Ignatius son todos iguales, se creen diferentes. Sufren de insomnio crónico pero, al final, aquello que los desvela es una única pregunta. Y es por qué los bobos somos felices. Los bobos –el resto- somos amigos entre nosotros, trabajamos por un sueldo mínimo, y después de los veinticinco ya no nos interesa cambiar el mundo. Renunciamos a todo aquello que sabemos inalcanzable. Aborrecemos las utopías. Por lo menos, hacemos las paces con el Sistema, aunque añoremos, muy de vez en cuando, nuestro deseo inicial de sacudirlo.
Los Ignatius no. Ellos caminan por las calles y no son uno más en la multitud; no comprenden el mecanismo de un carrito de panchos ni por qué los hombres ceden su asiento a las mujeres en los ómnibus -la forma más primitiva del machismo-. Los Ignatius son tan inteligentes que, en el fondo, desearían ser estúpidos. Algunos hasta intentan concretar la transformación, como el Antoine de Martin Page (otro alter ego que se excusa en la ficción), quien prueba todos los mecanismos a su alcance para ser capaz de integrarse a la masa de humanos que compramos productos Nike y comemos papas fritas en grandes cantidades.
Ningún Ignatius está de acuerdo con nada ni nadie. Se aman a sí mismos casi en la misma proporción en que odian todo lo demás; su concepto de felicidad se encuentra distorsionado, al punto de que no existe tal cosa. La felicidad es un invento de Coca-Cola. Ellos no viven, habitan. La soledad les duele tanto que se acostumbran a ella, y la extrañan cuando la pierden. Los Ignatius sólo escriben novelas.
La mayoría de las veces tienen que morir para que los escuchemos, y les creamos a sus madres, que tampoco los oían porque es demasiado ruidoso que nos digan qué es lo que somos, cuando no tenemos intenciones de dejar de serlo. Basta contar con un Ignatius cerca de nosotros, para que de vez en cuando nos recuerde que existe otro camino.

Impresionante ese libro
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