miércoles, 4 de mayo de 2011

Aquí se hablaba francés

Antes, todo era mejor. Hasta el arroz con leche, que se hacía con trocitos de cáscara de naranja para hacerlo más sabroso. El ómnibus era mejor, porque se le chistaba al guarda, y no existían esas soberbias luces anaranjadas que indican que alguien solicitó la parada. Ahora nadie chista. Ni siquiera si estás en la calle y justo ves un amigo que camina muy cerca de vos, pero demasiado lejos como para que logres alcanzarlo a la velocidad que vas. Entonces, desempuñás el celular, y le avisás: mirá para atrás.

Uruguay era un país hermoso, lleno de vacas rechonchas y sun para calentar el agua del mate. Hasta que prohibieron ese invento tan genial, que nos caracterizaba alrededor del mundo, junto con el dulce de leche. Y nadie dudaba que fuera cien por ciento uruguayo. Una demostración auténtica de la viveza criolla.

Cuando escucho hablar a los más veteranos, siento una especie de nostalgia del pasado, fabricada por los pósteres, y las canciones de Jaime Ross. ¡Cómo quisiera acordarme del Maracaná! Reconocer al Negro Jefe y oírlo decir que los de afuera son de palo, y no que los de afuera nos digan que somos de palo, aunque estemos consagrados como los cuartos mejores del mundo. ¡Cuartos! Antes, éramos primeros. Futbolistas eran los de antes, los de la garra charrúa genuina. No eran modelos, ni novios de modelos, ni títeres de las marcas –desde championes hasta champús-. Solo héroes nacionales.

Antes, podías dejar la bici en la vereda sin necesidad de atarla contra una columna. Ni de ir a denunciarla después. Los perros mordían a los carteros. Ahora, los virus te infectan los mails. Nos convertimos en los nuevos uruguayos de Nuevo Siglo, que damos todo por un LCD en high definition y todavía decimos jai definishon. Como todavía pronunciamos orsai, fau y James.

El Uruguay de antes no tenía nada que envidiar a la Suiza de Europa, solo que aún se encontraba en América, y tampoco hoy tiene montañas nevadas ni chocolates mejores que el Ricardito. Éramos el paisito. Y se hablaba francés.

Cuando llegó el walkman a Uruguay, todo se vino abajo. O, tal vez, fue cuando empezaron a nacer niños que tomaban leche con cereales, con un conejo psicópata dibujado en la caja de colores. Cuando, un 31 de octubre, los primeros uruguayitos se disfrazaron de monstruos y brujas, ahí se acabó la fiesta. Entonces, los jóvenes se iniciaron en el arte de las tarjetas rojas de San Valentín, y los abuelos se agarraron la cabeza, y se acordaron del Manco Castro, de Gardel y del gofio.

Un día quise saber cuándo dejó de ser antes y cuándo empezó a ser ahora. Ningún uruguayo
me quiso dar la respuesta. Y es que, antes, los chiquilines eran más respetuosos, y no cuestionaban a los mayores. Pero la cuestión es, si ahora estamos así, no quiero enterarme de cómo va a ser después.

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