Durante 40 minutos, rodean la mesada espolvoreada con harina; se mecen de un lado a otro a otro, en un movimiento automatizado con el tiempo. La pieza va tomando forma, y luego se la ordena sobre hojas de metal. Aunque a cada uno se le dedicó su tiempo, se pierden en la uniformidad de la bandeja. Son todos casi iguales. De ahí, directo a la cámara de refrigeración. Hasta que llega alguien y los pide, los quiere a ellos, y los sirve a la mesa por última vez.
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