El viejo bebe el whisky y hace rechinar los cubos de hielo. Todo en él es tembloroso, no solo las manos, también las pupilas. Eso sucede cuando hay un terremoto de recuerdos, que se impregnan en la retina como la grasa de la comida chatarra del bar se impregna en el aire y en las mesas. Todo en él es triste. A su lado, la silla vacía luce aún más miserable que el andador de metal que lo espera, y parece ser el único que aguarda por él. El viejo se para, todavía tiembla. El pantalón beige está mojado detrás; todos lo notan, nadie le dice nada. Cruza la calle con su andador y se va y nadie lo extraña.
Cualquier escenario puede transformarse en el murete por donde los viejos miran pasar la juventud, ese lugar desolado que describe Ítalo Calvino, donde la memoria se vuelve una molestia. Todas las ciudades tienen huéspedes viejos. En los bares, en las plazas, en la oscuridad de una casa vacía. Cuando veo un anciano en el banco de una plaza, a veces lo noto.
Llegó el mundo contemporáneo y arremetió contra el pedestal donde los viejos reposaban tranquilos sus últimos años, calmos porque ya habían plantado un árbol, escrito un libro, y tenido un hijo. La serenidad en el andar era tan solo un síntoma de plenitud, que anunciaba que se había agotado la lista de asuntos pendientes y cualquier cosa que les pasara sería bienvenida. Entonces, la humanidad abrió las puertas de un mundo virtual donde, en su línea frenética de tiempo, no hay lugar para los débiles.
Los abuelos ya no se sientan a la cabecera de la mesa, ni viajan en el asiento delantero. Se están extinguiendo los abuelos que contaban historias, porque también están en vías de extinción los nietos que quieren escucharlas. Tal vez porque la noción de pasado no cabe en nuestro esquema mental digital, donde lo único válido es el presente. El ahora eterno.
Mi infancia también fue analógica. Escuché música en casetes y disfruté durante horas transcribir la letra de una canción en base al sistema de rewind. Incluso, nací cuando aún funcionaba el tocadiscos de mi padre y, más adelante, gasté muchas monedas en la rockola digital de las maquinitas del shopping. Pero la rockola original, la que reproducía las canciones que ellos escuchaban, se quedó muda.
Ellos, que forman filas perennes en el BPS, se sientan en los bancos de las plazas y se preguntan cuándo la jubilación se convirtió en algo tan esencial. Por qué, si ellos todavía piensan en cada uno, la ciudad está llena de hijos que no los reconocen.

No es culpa de ellos, solamente. Brillante Noe.
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